Jimmy


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Adiós Taberna

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La foto más triste de los últimos tiempos. (Reproducción Facebook “No es así”).

Cuando llegas a una nueva ciudad, pasas por etapas de adaptación. Primero conoces a tu distrito, luego te acostumbras a tu nuevo trabajo y por fin te sientes en tu casa, pero tan en tu casa que ya tienes tus lugares – tu supermercado, tu camino hacia la chamba, tu teatro favorito, tu bar.

Fue en alguna noche de Enero del 2015 que alguien me dijo “¡Vamos a Luz Ambar!”. Yo conocía Luz Verde y Luz Roja, ambos en la legendaria Calle Manuel Bonilla, pero no sabía nada acerca de ese nuevo local.

Entré y pensé: seguro esto era una playa de estacionamiento. Luego vi el mural en la pared, los dos litros de chela a quince soles, la mesa de billar, el rock anticucho a todo volumen y sabía que había encontrado mi bar en Lima. ¿Sabes cuándo conoces a alguien y sientes en el fondo de tu corazón que es el amor de tu vida? Yo tampoco. Pero en este caso no tuve ninguna duda.

Taberna era un bar Miraflorino sin ser pituco. Joven sin ser excluyente. No era gay, tampoco hetero – iban todos, se gileaban todos y te besabas a quien querías sin roche ni miradas raras.

Estuve en bares en Londres, en Sao Paulo, en Rio, en Ciudad de México, en Dublín y nunca tuve la misma experiencia que en aquella esquina de Bonilla con La Paz.

En verano todos vestían poca ropa. En invierno el dress code obligatorio era la clásica casaca de cuero. Las canciones eran siempre las mismas, pero la chela seguía bien helada y nunca, pero nunca salías de allá sin hacer amistad con alguien.

La multitud en el canchón se comportaba como si estuviera en una reunión en la casa de un amigo en común de todos. Hacías el habla a cualquiera y luego estaban compartiendo una botella. Si tenías plata, invitabas. Pero cuando estabas misio, tus patas antiguos o de dos minutos atrás nunca dejaban de llenarte el vaso.

En Taberna Roja tuve primeras citas, hice un grupo de amigos recontra juergueros, celebré cumpleaños y estrenos, fui a olvidar amores frustrados con alcohol, me enamoré por minutos, lloré con despedidas y fui muy pero muy feliz.

Me duele escribir sobre mi bar en el pasado, pero probablemente Taberna no regresará. Y si vuelve en otro local, no será como antes. Es triste pero es la verdad: todo termina, incluso la juventud. Y un poco de lo que aún queda de la mía se fue con esa playa de estacionamiento transformada en el mejor bar de Lima.