Jimmy

El chico del super

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“Déjame acompañarte”, dijo él. “No es necesario”, le respondí.  Poniendo las bolsas en el carrito, él me dice “A veces uno piensa que puede solo, pero el camino se hace largo cargando tantas cosas”. Así el chico del supermercado me hizo pensar a las 8.00 pm de un lunes en cómo estoy llevando mi vida.

No hablamos tanto. Caminamos callados por aquella Avenida por donde tantas veces ando solo, siempre pensando que si hubiera escuchado a mis padres, jamás tendría esta vida. No existirían las noches largas, las tantas posibilidades, los viajes por el mundo ni el sabor de aventura. Podría estar viviendo en una ciudad cálida y hostil en Brasil, enseñando en una escuela pública o sellando papeles en una oficina del Gobierno – porque así te educan los papás de izquierda, para trabajar en el Estado. Pero decidí que merecía más.

“¿De dónde eres?”, me pregunta el chico. “Soy brasilero, pero vivo acá hace año y medio”, le respondo. Esta es mi respuesta para todos ahora. Cuando eres un inmigrante, te acostumbras a responder siempre las mismas preguntas. Poco a poco tus respuestas cambian y también desarrollas tu repertorio de preguntas iguales “¿Conoces a mi país?”, “¿Crees que tengo un acento?”, “¿El clima acá es loco, no?”. Uno nunca llega muy lejos en este tipo de conversación, pero siempre vale la pena intentar.

Otra vez nos callamos.

En esta Avenida viví cosas que jamás me pasarían en la vida de burócrata diseñada por mi padre. El beso enamorado de una pasión que nació, maduró y murió en tres días. La desconocida que me detuvo en una noche de un domingo para decirme que leyó mi novela, a pesar de que no habla tan bien el Portugués. La conversación borracho en una madrugada de jueves con un amigo, que me dijo para ser menos intenso cuando me enamore otra vez. La espera por aquél chico que amé y extraño hasta hoy, porque no se dio cuenta que podía vivir sin aprobación de su familia. ¿Qué estaría viviendo yo si no estuviera acá, apostando todo por un sueño? No mucho, dice mi intuición. Y no hay mamá ni papá contento que pague el precio.

“Gracias, puedo subir solo”, le digo al muchacho cuando llegamos a mi puerta. Subo las escaleras pensando en él. ¿Será feliz trabajando ahí? ¿Cuáles son sus sueños? ¿Podrá un día elegir, como yo he hecho? Debería haberle preguntado todo esto y quizás cambiado su vida.

Minutos después, echado en mi cama, me siento dichoso por tener coraje. Pero mas aun por haber podido elegir.

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